1968 fue una año que marcó a la sociedad mundial ya que la
manifestación de la juventud que nutría sus inquietudes de conocimiento
rompió esquemas y provocó reacciones violentas alrededor del mundo,
dando pie a lo que se denominó “Revolución Cultural del 1968”. México no
fue ajeno a este fenómeno, y los jóvenes universitarios, tanto de
la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) Y el Instituto
Politécnico Nacional (IPN), que determinaron cambiar la dinámica social y
política de México, generando un movimiento social que se basó en
directrices muy específica y genuinas que tenían como objetivo una
democratización del país.
El 2 de octubre se llevó a
cabo una sangrienta emboscada que sumó varias centenas de muertos,
aunque los reportes oficiales solo contaron 50. Este hecho fue la respuesta de un gobierno incapaz de dialogar con una juventud que exigía
una respuesta más civilizada a sus inquietudes y necesidades.
Han pasado 45 años desde ese doloroso acontecimiento en el que fueron
muchos los jóvenes caídos, y vastas las familias trozadas por sus
ausencias. Durante casi medio siglo las circunstancias de nuestro país
han cambiado, no podemos decir que sean mejores, pero el contexto sí es
diferente, ya que dados los beneficios que ofrecen las nuevas
tecnologías, es posible transmitir más información y despertar
consciencias. Sin embargo, en una sociedad donde no hay un verdadero
hábito de investigar ni leer, de cuestionar y proponer, se replican las
consignas que tuvieron vigencia hace 45 años, y pareciera que el tiempo
se detuvo, aunque la problemática de la juventud actual no es la misma
de 1968, pues el sólo hecho de contar con nuevas tecnologías aplicadas a
la comunicación transforma totalmente el panorama.
No debemos olvidar el 2 de Octubre de 1968, pero no para alimentar rencores sino
para comprender que está en nuestra mano crear un movimiento
democratizador integral, incluyente, que garantice mejores condiciones
de vida para las nuevas generaciones, y erradiquemos con acciones
maduras la represión, y estableciendo nuevos canales de comunicación y
negociación entre los actores sociales contemporáneos. Lo cual también
exige de la sociedad civil la aceptación de su responsabilidad
educativa, transformadora, a través de la aplicación de valores que
cimenten una visión mucho más incluyente, crítica y propositiva en
quienes serán nuestros líderes en un futuro no muy lejano: nuestros
niños.
Una tarde cualquiera, un hombre de unos 40 años convivía con su hijo en
el parque, y mientras tomaban un descanso, el papá le compró un helado a
su pequeño, quien con una enorme sonrisa le dijo un simple pero sincero
“Te quiero, Pá”. El hombre sonrío y correspondió a esa confesión con un
“Te quiero, también”. De pronto, el pequeño cuestionó a su papá con una
pregunta que le sacudió severamente:
-Pa ¿por qué el Abuelo y Tú nunca se dicen “Te quiero”?
En la búsqueda de una buena respuesta, aquél hombre llevó su memoria a
un recorrido de algunos años atrás, cuando de regreso a la casa paterna
por una fiesta familiar, después de haber salido del hogar, volvió y fue
recibido por su padre con una chamarra especial, de cuero, una que
había deseado por mucho tiempo. Al recibir aquel presente, sin dudarlo
abrazó a aquel hombre diciéndole “Te quiero, Papá”. Inmediatamente, el
papá se separó del muchacho, y como si se tratara de una telaraña
enredada, se sacudió mientras gritaba enfadado “Déjese de mariconerías,
no es pa´ tanto, no más es una chamarra”. Y aquella reacción no era por
falta de amor, sino porque en la vieja usanza en la que fueron forjados los hombres que hoy son abuelos, llorar y decir a otro hombre “te
quiero” los colocaba en una postura que comprometía su buen nombre, su
masculinidad y su rudeza. Por ello cambiaron palabras por acciones.
-Sí nos lo decimos, sólo que no siempre es con palabras, a veces es complicado- respondió por fin el hombre a su hijo
-¿Por qué? ¿Qué tan complicado es decir “Te quiero”?
-Para algunos hombres como tu abuelo, decir “Te quiero” es lo más complicado del mundo.
-Pues uno de estos días habrá que sentarse con él a practicar- concluyó el pequeño.
Las brechas generacionales son enormes cañones que distancian a padres e
hijos; se supone que el padre siempre tenga la razón, pero cuando los
hijos crecen y forjan su propia opinión y su manera de vivir, pareciera
que el idioma es diferente, y lo que media es el silencio. Un silencio
cargado de mil palabras que no se pueden articular ante el temor de
parecer débil, frágil o errático, características que a decir de la
vieja escuela, un papá jamás debe tener.
Ahora que como país estamos viviendo sucesos lamentables que lastiman a
nuestra sociedad debido a los desastres naturales que han dañado a las
costas de nuestro territorio, es posible dimensionar esta gran
diferencia entre informar y entretener. Pues mientras Carmen Aristegui
informa y cuestiona el desempeño de instancias de gobierno que favorecen
intereses particulares de un consorcio de comunicación en México, una
pseudo comunicadora, Laura Bozzo, busca levantar sus puntos de
audiencias haciendo un tremendo circo visitando a la gente dañada, ávida
no sólo de víveres, sino de afecto, atención, espacios de expresión,
pero sirviéndose de ese contexto idóneo para comerciar con el dolor y el
pesar de gente de verdad, que no acude a un estudio para ser parte de
un reality show, sino que el programa va para recoger, con morbo, las
imágenes más tristes que jamás se obtendrán de personas que cobran por
sufrir –los panelistas.
Vale comparar a los periodistas y
comunicadores que desempeñan sus profesiones con dignidad con palomas
mensajeras, también es válido comparar a pseudo comunicadores que buscan
enriquecer sus programas, sus contenidos, valiéndose de las tragedias,
con aves carroñeras que se alimentan de las víctimas inertes. Y podemos
decir que si bien, ambas son aves, sus naturalezas son diferentes. Así un conductor de un programa amarillista diseñado para comerciar con el dolor humano jamás podrá compararse con un comunicador serio,
comprometido con su ética y su público. En este marco, resulta inútil y
ocioso propiciar debate alguno: no hay punto de comunión.
La novela, en su
temática, promete ser interesante, sin embargo, lo que deseo compartir
con ustedes es la innovación del product placement dentro de la
historia, que lograron llevar a cabo de una forma exitosa, ya que no se
siente forzada ni estorbosa: la escena presenta a un grupo de hombres,
de diferentes edades, que van a un partido de fútbol para convivir. El
partido es en un estadio, y el equipo es el Cruz Azul. El lugar, el
ambiente que se presenta y las circunstancias que reflejan son
cotidianos para los varones, ya que se habla de todo, pero el sexo es un
tema de interés que sea aborda de una forma jocosa, pero es la
oportunidad para que cada personaje marque su postura al respecto.
El uso del product placement del equipo Cruz Azul es comprobable por la
forma en que se presenta: de entrada es pasivo, pues se ven algunas
banderas que portan los protagonistas. Dentro de la escena se muestra
que los personajes ganan una apuesta pues ganó dicho equipo.
Posteriormente, en otra secuencia, uno de los personajes, interpretado
por Francisco de lo O, cuando es confrontado por su esposa ya que no
cuida su salud por irse de farra con los amigos, él esgrime que debía
ir, porque “jugaba el Cruz Azul” lo que significa que es un asunto
importante, argumento que edifica al equipo.
Aún falta ver toda
la historia, sin embargo, de inicio vemos un buen uso del product
placement en este primer capítulo. Habrá que seguir la historia para ver
el manejo de este recurso, y sobre todo, el resultado de las empresas
que apuestan por este tipo de mercadotecnia.
Tener un hijo es una de los más grandes y sorprendentes sucesos que
pueden ocurrirle a una persona, pues no sólo es la responsabilidad de
darle cuanto necesite para ser una persona productiva y feliz, si no ir
descubriendo día con día un poco más el carácter de ese amigo que llega
para nutrir la vida y ser un reflejo de lo que el padre o la madre es.
La maternidad o la paternidad implica un compromiso tan grande que
lleva a quien las asume a dejar de vivir para sí mismo para comenzar a
vivir en función de ese nuevo integrante de su vida. Y no se trata de
anularse como persona, sólo que las prioridades cambian, y las
decisiones de vida giran en torno las necesidades de su hijo o hija.
Cuando la responsabilidad de ser madre o padre supera a la capacidad de
compromiso de una persona, entonces recurre a diversas formas de
“resolver” ese “problema”: cargar al pequeño o la pequeña con la
culpabilidad de impedir la realización de sus padres; ignorar las
necesidades de los hijos con el pretexto de educarlos de una forma
rígida y tradicional; delegar la responsabilidad de crianza a terceros, o
desaparecer del entorno, en el peor de los casos.
Ser una buena madre o un buen padre implica dejar de lado las rencillas
personales, y fomentar que ambas figuras estén presentes en la formación
del niño o la niña. También supone tomarse el tiempo de conocer a ese
ser a quien se cría, descubrir qué le gusta, qué le disgusta, qué teme,
que anhela, qué le enfurece o qué le hace feliz. Requiere construir un
pequeño universo donde sólo quepan el hijo y el padre o la madre, un
espacio donde transcurren las vivencias más importantes que constituyen
los recuerdos que fortalecen el autoestima de un ser humano, un lugar
amable para recurrir cuando las cosas no marchan bien.
Invertir tiempo en un hijo es darle parte de la vida; evadir esos
momentos so pretexto de que hay una vida esperando ser vivida cobra
factura ante la lejanía entre padres e hijos. El reto de ejercer
sabiamente el papel de padre o madre es vivir la vida a plenitud, de tal
manera que su descendencia tenga una lección constante con ello, una
ventana al mundo, cómo vivir la vida y qué esperar de ella.
Ser padre o madre, cuando se hace con amor y convicción, suele dar como resultado la mejor versión de cada cual.
Alguna vez escuché decir a alguien que el temor más grande de una
persona es llegar al umbral entre la vida y la muerte dándose cuenta de
que no cumplió los anhelos que vivieron en su mente por temor a tener
éxito, y descubrir que el tiempo ya no alcanzaba para intentarlo una vez
más.
El tiempo es un recurso no renovable, se agota y no
se puede recuperar. Quizá la sensación de tener muchos días en nuestra
existencia nos puede confundir y pensemos que lo mismo da aprovechar un
día que perderlo, confiando en que es nuestra la eternidad. Estamos
acostumbrados a vivir en la mediocridad, y nos hemos hermanado tanto a
ella que cuando cruza por nuestra cabeza la posibilidad de hacer algo
trascendental, creemos que es una locura. Soñamos, tomamos decisiones y a
veces cometemos el error de compartir nuestros planes con quienes no
tienen la posibilidad de soñar, y se encargan de darnos buenas razones
por las que esas decisiones tan determinantes no deben ser ejecutadas,
mientras que la mejor razón que tenemos para concretarlas es que se
gestaron en un milagro viviente: nosotros mismos.
El temor a
fracasar también es el temor a tener éxito, y ambos pueden suceder. El
fracaso llega cuando se tomar como propia la certeza de que no vale la
pena correr el riesgo de fallar; el éxito sucede cuando se vislumbra el riesgo y se toman medidas, pero aún más, cuando se tiene un siguiente
paso para administrar los resultados y saber hacia dónde caminar.
Podemos llenar nuestros bolsillos de anhelos, y serán como estrellas
luminosas, promesas de una vida llena de crecimiento, pero tienen una
fecha de caducidad, y si ésta llega y no hemos canjeado los deseos por
hechos que llenen nuestras memorias, en vez de ser promesas serán
acusaciones severas que darán la sentencia de una frustración eterna.
Soñar es bueno; decidir, necesario, pero accionar es vital.
En una de esas tardes que se busca llenar las horas de entretenimiento,
buscando carteleras de cine, me encontré con una película que me regaló
una experiencia de vida, la cual vuelve de vez en vez a mi memoria
cuando hace falta ponerle un poco de alegría a los sucesos que parecen
poco agradables.
Big Fish, era el título de aquel film (El Gran
Pez), una película de Tim Burton que cuenta la aventura que un hombre
decidió tener cada día de su calendario personal. Para su hijo era una
vergonzosa experiencia continua escuchar a su padre contar, una y otra
vez, aquellos inverosímiles pasajes de su vida -que cualquiera desearía
vivir-: descubrir cuál sería el final de su vida al mirar a través del
ojo falso de la vidente del pueblo, así no temería ninguna situación
diferente, por peligrosa que fuera; elegir a la mujer de su vida, y
hacerla su esposa a pesar de los pronósticos, ganando la batalla
romántica de su vida, perdiendo una
pelea contra un troglodita celoso, o convertirse en el héroe de un
rincón del mundo donde llegó antes y después del momento justo para
vivir una aventura amorosa, pero oportuno para rescatar el mejor lugar
para soñar.
Tal vez se pueda pensar que una persona que ve su
propia existencia como una enorme cadena de sucesos sorprendentes es
sólo un loco egocéntrico, pero también puede ser que se trate de alguien
que agradece cada momento de su existencia, y decide que vale la darse
la oportunidad de encarar los miedos, sabiendo que los vencerá, o que
descubrirá hasta donde llega su fuerza, peleando sus propias batallas, o
que el amor es posible, donde parecería improbable hallarlo.
Cada cual puede ser un telegrama, tan simple, tan corto, y con un
mensaje incierto; o puede ser la mejor historia jamás contada, pero la
diferencia la hace quien decide vivir esa maravillosa concatenación de
sucesos, accidentes y sorprendentes citas que es la vida.
Recién ha pasado la fiesta mexicana que destaca el espíritu nacional.
Decimos que la historia nos hermana y los hechos nos unen. Todo lo que
se prometemos con la boca lo sostenemos con nuestros actos.
Durante
el pasado fin de semana, mientras en todo el país se celebraba un
aniversario más de nuestra independencia, diferentes estados costeros de
nuestro territorio enfrentaban problemas climatológicos a causa de las
tormentas tropicales Ingrid y Manuel, dejando una numerosa cifra de
damnificados que perdieron su patrimonio, teniendo por todo presente su
vida, su familia y un futuro que luce incierto. Sabemos que se han
activado los fondos gubernamentales destinados para los desastres, sin
embargo, la ayuda se requiere hoy en los diferentes puntos afectados.
Éste es un buen momento para convertir el tradicional ¡VIVA MÉXICO! en
una realidad. No es necesario poner en prenda nuestra vida o nuestro
patrimonio para poder contribuir al bien estar de nuestro país: basta
con cooperar para que las víctimas de este desastre climatológico en los
diferentes 16 centros de acopio en el Distrito Federal, ubicados,
además de la Cruz Roja de Polanco, en las 14 estaciones de bomberos,
otro en la Catedral Metropolitana y uno más en el Antiguo Palacio del
Ayuntamiento.
El mes de Septiembre es un mes lleno de sentimiento mexicano: el país
entero se viste de fiesta para conmemorar un suceso que nos unificó como
pueblo, sin importar las raíces étnicas, la Independencia es un evento
que trazó el inicio de una historia que compartimos de norte a sur y de
oriente a poniente del territorio nacional.
Los acordes de
guitarras, trompetas, acordeones, tamboras, arpas y marimbas alegran los
cantos, que como el soplo del viento, murmura los secretos de un país
lleno de historias, de leyendas, de mitos y de promesas por alcanzar.
Sus campos y ciudades enfatizan el verde, el blanco y el rojo, cual
lienzo viviente, plasman las tradiciones tan variadas y tan arraigadas
en cada zona, sin que por ello sea menos mexicano o menos sentido.
México sabe a mole, a cabrito, pozole, barbacoa, chiles en nogada,
tamales, venado, pellizcadas, coyotas; endulza con torrejas, arroz en
leche o natilla; y embriaga con el tequila, mezcal, comiteco, con pulque
y curados. Chocolate y café perfuman las mesas. Y las luces de los
fuegos artificiales emulan a las estrellas e imitan al sol, para hacer
notar al mundo que estamos de fiesta, que aún recordamos quiénes somos y
de dónde venimos, y que en medio de la lucha diaria, nuestra mirada se
fija en lo que amamos de nuestro país.
Septiembre sabe a México, y México sabe a ti, a mí, a nuestros antepasados y a los que han de venir.
Para una empresa, lo mismo que para una persona, su nombre es una de
las cosas más importantes que tiene, por ello es vital cuidarlo, darle
un prestigio, credibilidad, y garantizar su vigencia en la memoria y la
preferencia de su mercado.
Además del producto o servicio que pueda ofrecer, existen herramientas que permiten acercar a la empresa, su concepto y sus valores a la vida cotidiana de sus clientes reales y los potenciales: los artículos promocionales.
Existe una amplia gama de artículos que van desde prendas de vestir,
tazas, cilindros, plumas, agendas, entre muchas opciones más, que
permiten a una compañía estar presente en las decisiones de sus
prospectos, gracias a estos artículos. Así es que invertir en
promocionales de calidad es una forma efectiva de crear memorabilidad en
su mercado.
Es posible elegir los artículos promocionales con
base en varios criterios, sin embargo, algunas empresas cometen el error
de basar sus decisiones en el precio y no en la calidad, pues no han
considerado que éste artículo a regalar a sus clientes o probables
clientes relacionan al artículo que reciben con la calidad de producto o
servicio que dicha empresa ofrece.
Un buen tip es seleccionar
los obsequios que harás a quienes te favorecen con su voto de confianza
traducido en compra a partir de tu estrategia de marca: eso dará
congruencia a tu labor comercial y tu labor publicitaria. Y para los
clientes potenciales, un promocional de calidad es una invitación, una
promesa de que sus expectativas serán satisfechas.
Los promocionales son trozos del nombre, la esencia y la calidad de tu empresa.